A los del yate de Marbella, a los de los aviones privados, a los de los coches de lujo, a los de los vestidos de diseño, a los de las comidas de 3000€, a los que cobran como los controladores aéreos, a los que miden la felicidad por los números de la cuenta, a los de los restaurantes caros, a los de los puestazos, a los que tienen 100 iPad, a los que tienen un chalé en la playa…a los de las SICAV, a los de los paraísos fiscales… A todos vosotros…no os envidio nada.
Porque yo soy las tardes de verano con Oli, las risas en el jardín con Juan, los cafés con Silvia, las fiestas con Jorge, las comidas después del currro con Gonzalo, las conversaciones con Davinia, soy también los mojitos con Emi y las risas con los “nuevos” y soy también algunos que estaban y ya no están. Y por suerte, soy también muchos que vendrán.
Soy todo eso, que no se mide en ceros y que sin embargo me hace inmensamente rica.
Y no, no me da ninguna verguenza decirlo. Soy millonaria ¿Y qué?
Gracias por hacerme rica.



No voy a coger la costumbre de filosofar desde aquí, lo prometo. Pero llevo varios días con una idea en la cabeza ¿nos encantan las redes sociales por que somos asociales? Y no, no hablo de la demagogia barata de que la gente que están en Internet no tiene amigos, ni son todos unos frikis, ni nada de eso.