En modo esponja

política, social media y muchas veces política y social media

Soy tu socia, no me llames guapa

Post de Davinia Suárez @daviniasuarez

Julio de 2010. Siglo XXI. Una mujer envía un correo con contenido profesional a uno de sus socios. El mensaje es preciso y claro, de tono laboral, se están retrasando los tiempos de entrega y uno de los proveedores no ha recibido el primer pago y se niega a entregar el trabajo finalizado. La respuesta que recibe respeta el mismo tono, el pago está solucionado, el proveedor asegura que el trabajo estará entregado a tiempo, como se acordó. Pero algo empaña el mensaje, al final, antes de la firma su socio aclara: Espero que no te haya causado muchos problemas, guapísima.

¿Guapísima? Esa mujer no ha visto a su socio nunca, ni han tenido ningún contacto fuera de lo meramente profesional. Los acuerdos se han realizado por teléfono y las comunicaciones, en su mayoría, por email. ¿Guapísima?

Soy mujer, y lo reconozco, no soy feminista, o no lo era. Creo que las medidas de discriminación positiva, aunque necesarias, favorecen que la mujer se esfuerce menos en llegar a unos puestos que por supuesto se merece, y que, sólo porque son necesarias, deberían ser medidas temporales como solución a corto plazo, y me asusta que, en los sistemas que estamos creando, esas medidas se eternicen en el tiempo.

La paridad política o empresarial me parece una auténtica contradicción. ¿Queremos que gobiernen un país o una región los políticos más preparados o tendremos que dejar fuera a parte de ellos por cumplir las cuotas femeninas o masculinas del parlamento? Quiero que el país en el que vivo avance y quiero que sea a través de los políticos más capaces, no me importa si el 80% son hombres o si son mujeres -lo que observando las aulas de las universidades no tardaría en pasar, si se les dejara-.

No dudo de la capacidad de liderazgo de ministras como Carme Chacón, pero considero que en su elección como líder del Ministerio de Defensa estando embarazada tuvo más peso su condición de mujer y futura madre como elementos de campaña y de márketing político agresivo que sus capacidades reales, lo que no deja a las mujeres en buen lugar. Y no, llevar pantalones en lugar de vestido largo no es ser feminista, ni reivindicar los derechos de la mujer, es una parafernalia, que yo, como mujer no necesito, ni reclamo. Y como hablo de la ministra podría hablar de cualquier otra.

Me gustaba creer que no tenía necesidad de ser feminista porque mi generación (cuatro años arriba, cuatro años abajo) partía de una educación diferente, y es verdad que hemos mejorado, mucho, pero no tanto como yo creía. Aunque las relaciones entre hombres y mujeres han avanzado, y jamás, lo reconozco, jamás me he sentido despreciada por mis compañeros de carrera o de profesión, permanecen los rescoldos de una educación que ha sido machista durante décadas.

Si el beso de Iker Casillas a Sara Carbonero era o no una falta de respeto al trabajo de la periodista, que probablemente lo fuera, es cierto que el futbolista estaba abrumado por la emoción, no es excusa, pero aceptamos barco. Pero ¿qué emoción puede afectar a un correo formal, profesional? Ninguna.

Cuando una mujer recibe un comentario así de un compañero de trabajo con el que se lleva bien, ese comentario provoca una sonrisa, precisamente porque la confianza permite que la respuesta de ella a él sea en el mismo tono. Cuando el comentario proviene de un compañero, socio o jefe con el que se mantiene exclusivamente una relación profesional, se tiende a pensar: es que él es así con todo el mundo. Cuando esos comentarios se repiten a diario, con personas a las que nunca hemos conocido, con contactos profesionales, con hombres a los que queremos contratar o que nos contraten, al menos a mí sólo me queda una opción: reconocer que aún nos queda mucho por hacer.

No se trata de que no se puede piropear a las personas de nuestro entorno, se trata de que hay contextos en los que el trato más formal, requiere de un respeto y una relación más profesional en el que esas “confianzas” no deberían darse. Si ese mismo hombre escribiera a un compañero y terminará el email con un “guapísimo” sería objeto de burlas y, en su defecto, su interlocutor pensaría que se está burlando de él o que no lo está tomando en serio, ¿por qué las mujeres tenemos que aguantar a diario esa falta de respeto a nuestra labor?

Es una muletilla, lo sé, la mayoría de los hombres que la utilizan no lo hacen con ningún objetivo real, ni siquiera se dan cuenta de la diferencia que entrañan sus correos frente a los enviados a sus compañeros hombres. Pero esa simple muletilla es un problema de base, un problema cultural y de educación que aún está por solucionar, un problema que deja entrever que aún hay diferencias, que hombres y mujeres no somos tratados de la misma forma en los entornos laborales, y que no, mi generación no se salva de esas muletillas.

Quizás, me va a tocar dejar a un lado mi optimista posición de no feminista porque ya no es el momento, y volver a reclamar el respeto que como profesional creo que me merezco, quizás, tendré que esperar a un día en el que nos tratemos por iguales, nos respetemos y nos comprendamos hasta el punto de que el Ministerio de Igualdad lo pueda dirigir un hombre.

yellowmind